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Rosebud, Dublin, Ireland – Year 7º. Breaking News

Un acercamiento a las nociones de erotismo y muerte como formas de soberanía en Sade y Bataille

AFORISMI MEMORABILI – QUOTES TO REMEMBER


Uno stupido che cammina va più lontano di dieci intellettuali seduti.
(Jacques Séguéla)

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No, niente appello! Qui non si tratta di riformare una sentenza, ma un costume. (…) Accetto la condanna come accetterei un pugno in faccia: non mi interessa dimostrare che mi è stata data ingiustamente.

Giovannino Guareschi (lo disse dopo la sentenza di condanna ricevuta per l’accusa di diffamazione mossagli da Alcide De Gasperi)

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Diario dai giorni del golpe bianco (paperback) di Rina Brundu .

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PERLE DI ROSEBUD – LISTA AGGIORNATA DEI DERETANI INAMOVIBILI

Resistere, resistere, amico mio, con un popolo di pecore la vittoria del lupo non potrà che essere questione di tempo.

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PERLE POLITICHE – SENILITÀ, OKAY, MA SE DOVESSI DIVENTARE RENZISTA…

…portarmi dal veterinario e sopprimermi subito, please!

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Spanish (6)

“La alegría y la muerte se mezclan en lo ilimitado de la violencia”

Georges Bataille

I

En el siguiente trabajo abordaremos posibles lecturas sobre algunos relatos del Marqués de Sade y algunos capítulos de las novelas La filosofía en el tocador (1795) y Las 120 jornadas de sodoma (1785) a partir de una mirada que nos propicia George Bataille en El erotismo (1957) y La felicidad, el erotismo y la literatura (ensayos 1944-1961).

            En primer lugar quisiéramos proponer una interpretación de las lecturas que, lejos de ser una aplicación teórica a la “práctica literaria”, intenta hacer hablar y entrar en relación de comunicación a la literatura y a la filosofía en tanto experiencia quebrantadora de la valla divisoria entre estas dos “disciplinas”.

            Cuando Sade realizaba su arte literaria (casi siempre privado de su libertad) en torno a los temas centrales acerca del libertinaje y la religión, creemos que lo que intentaba hacer es escapar del mundo natural de los objetos, para entrar “en una suerte de tumba donde la infinidad de los posibles nace de la muerte del mundo lógico”. Bataille dice que el mundo lógico (aquel mundo de los objetos dominado por la lógica de la producción y de la utilidad de todo objeto) muere dando luz a las riquezas de la poesía. En este sentido, el cuerpo del Marqués permanece aprisionado por haber transgredido las leyes con la experiencias más soberanas, es decir, el erotismo y la muerte, sin embargo su mente no lo está: se entrega a la escritura para romper con la logicidad normativa del mundo profano y se reviste del sacerdote que introduce a la sociedad al mundo sagrado, siempre produciendo horror: Bataille nos dice “Sade- lo que Sade quiso decir- horroriza por regla general a los mismos que aparentan admirarlo (…)”. Decimos que se convierte en “sacerdote” pero no en el sujeto cristiano que tanto aborrece en su literatura, sino que se reviste de esta figura como sujeto creador de otros mundos posibles, en especial el “mundo sagrado” que da muerte a ese mundo profano. El mundo profano está regido por las normas que prohíben las experiencias interiores más soberanas, además de negar la vida misma, prometiendo una vida eterna que no existe, mientras que el “mundo sagrado” que propone Sade está colmado de personajes que transgreden todas las normas.

“No quiero decir que la «religión» que definió la sumisión se limite a ese movimiento de la gravedad en su interior: su impulso inicial la lleva en sentido contrario, pero la «religión» es ese cuerpo vencido sin cesar por el embotamiento y el sueño y que no vive sino a condición de revivir. No hay nada de «religioso» que no requiera incesantemente que alguna clase de revuelta limitada lo niegue, lo reforme o lo reinstaure: la sumisión aleja siempre, insensiblemente, de la soberanía que es su fin”.[1]

            Del mismo modo en que Sade se construye como sacerdote, construye en sus obras literarias a personajes que van a cumplir este rol sacerdotal. En La filosofía del tocador, Dolmancé y Madame de Saint-Ange son dos libertinos que se dedican a enseñarle la filosofía y la vida del libertinaje a la joven Eugenia. Ella aprende muy rápido y entiende que la imaginación abre la puerta a la existencia de imposibilidades impuestas por la ley del mundo profano:

“Eugenia: Y bien: dejando vagar esta imaginación, dándole la libertad de franquear los últimos límites que querrían prescribirle la religión, la decencia, la humanidad, la virtud, todos nuestros pretendidos deberes ¿no llegarán sus extravíos en verdad a ser prodigiosos?”

En Las 120 jornadas de sodoma cuatro amigos libertinos, el duque; Durcet, el presidente y el obispo montan una especie de “juego” de sodoma que se realiza durante 120 días. Para ello elaboran un proceso de selección de personas en los que se concentran en elegir a los hombres y mujeres más bellos y jóvenes, para introducirlos en el libertinaje. En la novela se narra cómo los cuatro libertinos les enseñan incluso a sus mujeres e hijas a vivir por fuera de la lógica utilitarista y religiosa. Tanto Durcet como el presidente se ocupa de instruir a sus hijas Constanza y Adelaida en la filosofía del libertinaje, reprendiendo y corrigiendo en las instancias en que las hijas obedecen a las normas del mundo profano.

Para escapar a la lógica utilitarista, el propósito de los libertinos corre el albur de configurar una suerte de juego reglamentado que da muerte a los procesos inexorablemente ordenados a un estricto fin, a una utilidad. De modo tal que se propone efectuar sin una finalidad y con el objeto único de transgredir todo lo que se prohíbe. Este es el modo de vida de los libertinos y la enseñanza que le dan a los jóvenes, que se pone en juego, a su vez, desde una contra lex, que pone un orden a ese des-orden, a ese caos que dinamiza todo ese flujo de derroche, consecuencia del exceso de energía que despliega la naturaleza humana.

           

II

Bataille dice que no existe prohibición que no pueda ser transgredida.[2] Las dos prohibiciones más grandes son el erotismo y la muerte, porque son las dos experiencias más soberanas para el sujeto, que sin embargo permanece subordinado al mundo de la razón que impone prohibiciones no del todo racionales. Cuando los personajes de Sade transgreden las prohibiciones, lo hacen muchas veces de un modo ordenado y reglamentado.

“Todo hombre sigue siendo, en potencia, un ser soberano, pero a condición de que prefiere morir antes que ser sojuzgado”[3]

Podemos dar cuenta de ello en los reglamentos que se configuran para las actividades eróticas que se montan durante los 120 días. Otra instancia en la que podemos observar la estructura de un orden en la misma acción de transgresión de los libertinos es una de las primeras historias que se narran del presidente de Curval. El presidente tenía un vecino que era padre de una jovencita. El libertino deseaba “desflorar” a la hija de su vecino, pero éste se lo impedía, de modo tal que el presidente se las arregló para inventar un crimen en el que su vecino jamás hubiera estado involucrado. Finalmente se ordenó la ejecución para el pobre hombre. El presidente dispuso el espacio y el tiempo para poder gozar tanto del erotismo como de la muerte:

“Todo estaba bien cerrado del lado de la plaza, de modo que desde la habitación en que se tenía a sus víctimas no se veía nada de lo que allí pudiera pasar. El malvado, que sabía la hora positiva de la ejecución, escogió ese momento para desflorar a la niña  en brazos de su madre, y todo se arregló con tanta habilidad y precisión que el infame descargaba en el culo de la hija en el momento en el que el padre expiraba”[4]

Acordamos con Bataille entonces, cuando dice que “También la transgresión, por su parte, está organizada. El erotismo es en conjunto una actividad organizada; y si cambia a través del tiempo, es en tanto que organizado”.

            Es importante también destacar que la cosa sagrada que es prohibida en el mundo profano, cuando es transgredida ya no tiene el carácter negativo, sino que se la describe como “la hora positiva de la ejecución”, es decir, lo positivo de la muerte. El lado positivo de las prohibiciones es el placer que suscita en el transgresor, el erotismo de esta escena refleja ya no el aspecto nefasto, sino el impulso de placer en el presidente. En este sentido, el sujeto es soberano en tanto experimenta la explosión doblemente soberana (erotismo y muerte) pactada en el mismo instante.

            “Nunca, humanamente aparece la prohibición sin una revelación del placer, ni nunca surge un placer sin el sentimiento de lo prohibido”[5]

III

El cristianismo, entre sus diez mandamientos, dictaminó “No matarás” y “No cometerás adulterio”, que quiere decir “no gozarás carnalmente fuera del matrimonio”,  como resultado de los presupuestos de este dogma religioso se suprimen esas experiencias vitales interiores que nos explica Bataille, construyéndolas como objetos  a ser transgredidos para lograr la soberanía de uno mismo.

            En el relato El marido cura, se narra una seguidillas de contradicciones y de transgresiones. El padre Gabriel, personaje cual monje descrito con las características por demás eróticas como por ejemplo ostentar unas cejas como Júpiter. Éste codiciaba a la mujer del señor Rodin (“cornudo si alguna vez hubo alguno”). El monje encontró el momento propicio para cumplir sus deseos solicitándole al señor Rodin que diera la misa que él mismo tendría que realizar, mientras se iba a reclamar un dinero, ya que “preferiría que la misa se fuera al infierno y que los cien escudos estuvieran en mi bolsillo”. El señor Rodin accede a hacerle el favor, y da la misa que su condición de monje le impedía, mientras el cura sale en busca de la mujer del señor Rodin. Cabe observar la descripción que realiza el narrador de los personajes: la señora es un excelente bocado de monje, mientras que el señor Rodin es un buen hombre que cultivaba su hacienda sin abrir la boca. La mujer entonces es un objeto erótico para el sujeto que no puede desearla ni disfrutarla, en tanto que su condición de monje le prohíbe la experiencia erótica, mientras que, el erotismo permitido en tanto matrimonio, para el señor Rodin, es inalcanzable, su boca se mantiene cerrada ante ese bocado erótico.

            Cuando el monje se encuentra con la mujer le dice: “he hecho de vuestro marido un cura y mientras el tunante celebra un misterio divino, démonos prisa y consumemos uno profano…”. En la lógica utilitarista, las normas de la institución eclesiástica definen lo sagrado a todo lo vinculado a los ritos de negación de la vida y la práctica del ascetismo material y sexual, mientras que, si leemos el relato desde la mirada de Bataille, podemos entender que esta vulneración que realiza el cura es la apertura a la lógica de lo sagrado, en donde se goza lo prohibido del mundo profano. Lo más interesante radica en que la figura transgresora está dibujada en el sacerdote que se supone que estaría a favor de las normas del mundo profano. En este sentido el Sacer produce horror a través del sacrificio que restituye al mundo aquello sagrado -lo erótico-, que el mundo mismo cosificó.

            A modo de conclusión, quisiéramos retomar la idea de Bataille que dice “La poesía abre el vacío al exceso del deseo”. El ser humano viene al mundo con energía que no alcanza a gastar tan sólo con el movimiento de los procesos utilitarios, por ello, si el erotismo y la muerte no pueden manifestarse continuamente en tanto transgresión de la lógica utilitaria, al menos nos queda la literatura, la cual permite crear mundos prohibidos, posibles irreales, aunque sólo transgreda y rompa los lazos discursivamente. La literatura es la experiencia interna que conecta al escritor con su soberanía. El mundo lógico se desvanece aunque sea por un instante para el escritor y para sus lectores en cada lectura, a pesar de que la muerte del mundo real es irreal tanto como los posibles creados en la literatura.

Marcos Fabián Polisena y Julieta Videla Martínez

 

[1] Georges Bataille (2004). La felicidad, el erotismo y la literatura. Ensayos 1944-1961. Trad. Silvio Mattoni. Buenos Aires. Ed. Adriana Hidalgo. p. 237.

[2] Nada es más necesario y nada es más fuerte en nosotros que la revuelta. Ya no podemos amar nada, estimar nada, que tenga la marca de la sumisión. Ibid. p. 227.

[3] Ibíd. p. 232.

[4] Marqués de Sade (2011). Las 120 Jornadas de Sodoma. Trad. Carlos César Fontela. Madrid. Ed. Akal. pp. 20-21.

[5] El Erotismo. Georges Bataille. versión digital Scan Spartakku – Revisión: TiagOff. p. 81.

 

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